Lo peor del fin de año son, con diferencia, los propósitos de año nuevo...sea perdonado el desafortunado inventor de los mismos.
Y son malos porque parece que en ese momento y no en otro, uno tiene que hacer retrospección de su vida los últimos 365 días (o remontar hasta el día de la primera papilla, que la costumbre puede ser exigente) para recapitular y sacar conclusiones.
Lo malo, de nuevo, es que las experiencias humanas no tienen en cuenta calendarios, ni estaciones ni ciclos lunares, ni mareas. Las experiencias nos sobrecogen en un punto concreto y según su magnitud nos apremian a reflexionar sobre ellas sin demora, sin esperar al 31 de diciembre más cercano.
No obstante, por otra parte, mejor parar el tren y bajarse un poco para observar cuando todos lo hacen, impulsado por su inercia, que esperar a que salga de uno mismo la iniciativa para semejante examen de conciencia.
Yo llevo meses con los mismos propósitos y deseos, quizás se cumpla alguno, quizás no. Ojalá la cultura y la sociedad nos enseñara a auto-ayudarnos y purgarnos cualquier día de la semana, cualquier mes del año, cualquier año de nuestra vida. Ojalá nos enseñarán a reflexionar sobre nosotros mismos, a conocernos siempre y no sólo de tanto en tanto. Ojalá los propósitos no fueran de año nuevo, sino de “día nuevo”, de “semana nueva”…y la ilusión por mejorar nos llenará regularmente de fuerzas.
…mi deseo de año nuevo, es tener deseos de año nuevo todos los días…